
Ayer cometí un error garrafal. Uno de esos errores que lamentas durante horas. Me explico: diluviaba a cubos. Habíamos ido a comer con unos amigos y sus respectivos niños y estábamos llegando peligrosamente a la fase 4. Para el que no lo sepa, las comidas con niños pasan,
generalmente, por 4 fases; a saber:
- Fase 1: Conseguir que se sienten.
- Fase 2: Conseguir que coman.
- Fase 3: Conseguir que no se levanten.
- Fase 4: Conseguir comer tú, sin ponerte de los nervios.
Pues, lo que decía, nos acercábamos peligrosamente a la fase 4,(
Susanita decía cada 2 segundos: "Me
abuuurroooo. ¿Qué hacemos ahora?" y el
Terro ya había derribado dos veces de un
cochecito de esos articulados a una pobre cría con coletas, que no sabía lo que hacía al cruzarse en su camino), cuando de mi boca salió esa frase que nunca, nunca debe
pronunciarse en vísperas de Reyes, un domingo:
- Podríamos ir un rato al juego de bolas del centro comercial.
Diooooossss. Soy una persona organizada que compra los Reyes en noviembre y huye como de la peste de las
aglomeraciones navideñas. Pero sí, fui yo la de la idea. Sólo puedo excusarme
diciendo que fue un lapsus temporal causado por
sobredosis de cava en estas fiestas.
No sé si os habéis acercado a cualquier centro comercial en estas fechas. Una hora de cola en el coche para aparcar, con los enanos detrás:
- Me
abuuuurrooooo- ¿Cuánto falta?
- Yo quiero ir al juego de bolas
y mi santo rezongando:
- Menuda
ideíta,
Jomeini.
Al final, sale un coche. Y ¡ZAS!. Nos apropiamos del hueco. Nos vestimos de
muñequito Michelín para recorrer los diez minutos que separan el
parking de la puerta del centro comercial y ,una vez dentro, ahogados por la calefacción a tope, nos quitamos todo lo que nos habíamos puesto diez minutos antes y nos incorporamos a la masa humana. Cuando has hecho eso, tus
posibilidades de movimientos son similares a las de los ojos de
Espinete. Nulas. Lo único que puedes hacer es mover las cejas y dejarte llevar.
- Oiga, perdonen, es que me llevan hacia la zapatería y yo quería ir al juego de bolas, que es en dirección contraria.
- Pues se siente, bonita, que yo llevo dando vueltas una hora y tengo prioridad.
Total, que sigues a la masa, como puedes, confiando en que en algún momento se pararan enfrente del juego de bolas. Mientras, los altavoces
atronan villancicos a un millón de decibelios sólo interrumpidos por dos
vocecitas a nivel de tu cintura, que dicen:
- Me
abuuuurrooooo- ¿Cuándo llegamos al juego de bolas?
Al fin, después de parar en la zapatería, en el
stand de los Reyes Magos, en un belén hecho con osos cantores y en una tienda de moda infantil, llegamos al juego de bolas. Para descubrir, por supuesto, que no hay plazas.
A estas alturas de la película, mi santo no sólo se ha acordado de toda mi familia. También reniega del día en el que me conoció.
Volvemos hacia atrás en el mar de gente, caminando como el que tiene
Parkinson, hasta el
parking. Salimos. Y, entonces, mi cuñada dice:
- Hay otro juego de bolas al lado de casa. Podríamos probar.
Resultado de mi error fatal: una hora y media de coche entre entrar y salir. Una hora y media de sentirse sardina en lata. Todo para terminar en el mismo sitio del que hemos partido.
Segundo propósito de año nuevo: pensar antes de hablar.